domingo, 14 de diciembre de 2008

El nacimiento de Edgar Quinet

Yo, antes, me llamaba Edgar Quinet. Ahora me llamo Danilo, como mi ojo izquierdo. Soy como esa figura retórica consistente en nombrar al todo por la parte, figura cuyo nombre no recuerdo y tampoco puedo buscar en internet porque desde donde escribo no tengo wifi y no es plan salir ahora a la calle con el puto frío que hace sólo para poner epanadiplosis o lo que sea (sé que no es epanadiplosis, porque tengo el diccionario de términos literarios de demetrio estébanez calderón en casa y he buscado el significado de algunas figuras retóricas que me sonaban, por si acaso, pero nada). No disponer de internet mientras escribo me hace escribir peor. Esta es una afirmación que desarrollaré más tarde, si me acuerdo, otro día, porque ahora quiero explicar el origen de mi antiguo nombre, de mi ex-nick, de mi pasado. Yo antes me llamaba Edgar Quinet.

Entraba en un starbucks (no tengo muchas ganas de mayúsculas) y pedía un café mocca blanco, cuando me preguntaban el nombre siempre contestaba edgar. Un mocca blanco para edgar, decía el camarero o camarera o dependiente o como quiera dios que se llamen las personas que preparan cafés, tes y frapuccinos en vasos de plástico. Un mocca blanco para edgar, y otra persona, otro trabajador de starbucks, que se encargaba de preparar la bebida escribía mi nombre en el vaso, edgar, con rotulador edding color negro. Me hacía ilusión decir un nombre que no era el mío, poder ser otro, un bebedor de cafés que se llama edgar y no Manuel. Pero dejemos a Manuel, que bastante tiene con lo suyo. 

Un día, uno de esos trabajadores de starbucks al que le dije, como siempre, que me llamaba edgar, me soltó no sé qué cosa de mi nombre, que era como el de un cantante o algo así de su tierra (cuba, me parece, no recuerdo) y que admiraba mucho a ese cantante. Creo que fue eso lo que me dijo. El caso es que yo contesté muy serio que no, me llamo Edgar, como Edgar Allan Poe, le dije, luego cogí mi vaso de plástico y me fui con aires de escritor norteamericano alcohólico. Esto, más o menos, se lo conté a mi amiga Isabel una tarde paseando por Madrid, bueno, la verdad es que estábamos en mi coche, creo que aparcando cerca de la plaza de las descalzas, pero da igual, le conté lo de starbucks.

Isabel es mágica. Lo es. Es como lo de me importa un pito que las mujeres etc, cuando se lo conté se le ocurrió un juego, siempre se le ocurren juegos, historias, cosas, isabel siempre está viviendo y si tienes la suerte de estar cerca de ella puedes olvidarte de vivir, quiero decir que puedes dejar de esforzarte, de seguir tirando, porque ella vive de sobra por todos los que le rodean. Isabel, digo, que se inventó un juego: yo soy edgar y ella pauline, entramos en starbucks, pedimos un café cada uno con nuestros nombres falsos (llamémoslos así), luego, cada cual coge una cámara de fotos y gasta un carrete (no valen cámaras digitales), lo revela y le da las fotos al otro. Con cada una de esas fotos hay que escribir una historia, un cuento. Pauline se inventa la historia de edgar a partir de las fotos de edgar y edgar hace lo propio con las fotos de pauline. Luego, lo guardamos todo en nuestros vasos de starbucks con nuestro nombre y los intercambiamos, así, pauline puede leer su historia y yo la mía. Este era el juego. Un juego que nunca se hizo. Pero da igual, lo importante es que de ahí surgió el nombre: Edgar.

Y Pauline.

Ya lo he dicho. Yo antes me llamaba Edgar Quinet. Lo de edgar queda claro, pero ¿por qué quinet? Quinet surgió, como no, con otro juego de pauline, de isabel. Pauline tenía un mapa de parís. Un mapa enorme de color azul, naranja y amarillo. Antes, hace años, trabajábamos juntos en una librería y ella empezó a proponer un juego a los clientes que le caían bien (que no eran pocos). Les pedía que eligieran una calle del mapa de parís que ella, justo en ese momento, desplegaba delante de ellos, tenían que elegir una calle donde les gustaría vivir, una calle cualquiera del mapa, daba igual, debían elegirla y describir cómo se imaginaban la casa donde querrían vivir, la casa, la calle, el barrio, lo que quisieran. Luego lo escribían todo en uno o varios post-it y lo pegaban en el mapa, justo al lado de esa calle. Pauline se había propuesto viajar a París con este mapa lleno de post-its, viajaría a parís, visitaría cada una de las calles y escribiría un cuento por cada calle, por cada hogar, y luego se lo mandaría por correo electrónico a sus respectivos dueños, a todas esas personas que una vez, en la librería donde trabajábamos, se imaginaron viviendo en parís y escribieron sus deseos en un papelito amarillo autoadhesivo. Por supuesto, yo también participé en ese juego. Buscaba algo cerca del cementerio de Montparnasse, algo con buenas vistas al cementerio a ser posible, y entonces lo vi (la verdad es que lo vio pauline): plaza de Edgar Quinet, a escasos metros del cementerio de Montparnasse. Estaba claro entonces, si yo debía tener apellido, no podía ser otro que Quinet. Y así me llamé durante más de 2 años, Edgar Quinet. 

Este juego del mapa, como el de starbucks, tampoco se completó, al menos por ahora. Sin embargo puedo decir que un amigo ha comprobado in situ, hace poco, la verdad de mi historia. Esta es la foto que lo demuestra. Espero que no le importe que la cuelgue en internet. 

(mierda, no me deja colgar la foto, bueno, ya la colgaré)

Un abrazo enorme a Cristian.
Otro también, como no, a Pauline (y a Madiel, que son como Epi y Blas).


Sinécdoque.


11 comentarios:

Odal Orto dijo...

Para que yo me llame Ángel González,
para que mi ser pese sobre el suelo,
fue necesario un ancho espacio
y un largo tiempo...

No sé si lo captas (que tanta confesión y tanta revelación está pidiendo un poema a gritos y susurros).
Pero seguro que ya lo habías pensado.

Manolo Arana dijo...

tener a alguien como pauline es un gustazo...


y oye, lo de AFM lo suscribo. yo también lo leo aunque nunca me termine de convencer del todo.

J. dijo...

me ecanta tu historia Danilo antes Edgar siempre Manuel.

no se puede decir de otro modo.

Edgar Quinet dijo...

Odal Orto Pédico jajajaja
sí, lo he pensado, y no, no voy a escribir, por ahora, ningún poema.
Estoy escribiendo una teoría del ojo izquierdo, o algo así, la génesis, no sé, pero sin internet no escribo bien.

Manolo, pues se echa de menos a Pauline, aunque no se lo digo mucho. Sin Pauline tampoco escribo bien.

J. Gracias, esto sólo es un resumen, pero más o menos es así. El origen de Danilo es otra cosa. ¿de dónde viene Danilo T. Brown? ya lo veremos.

Abrazos a todos.

Sergio dijo...

¿Cómo, siendo poeta, consigues narrar tan bien? Vale que la historia es buena, buenísima, pero no se escribe sola.

Patricia dijo...

Para mí siempre vas a seguir siendo Edgar... lo de Danilo (no lo puedo evitar) sigue sin convencerme.

Un beso grande.

:)

Dudarazonable dijo...

...Yo no entiendo de ojos, he de cerrarlos para ver... Eso sí, cuando hay que leer, leo

Anónimo dijo...

Mentiré cuando diga que te encontré por casualidad...

Rain dijo...

Edgar Quinet & Danilo T.Brown, rostros del que escribe. Manuel es ambos o es más Danilo, quizás. El presente o Danilo con reminiscencias edgarquinetianas.
Así te veo.

Cada vez sabemos, un poco más sobre ti. Y ahora de Pauline. Tan bonita.
Si recuerdo esos textos tuyos y tu descripción de Pauline. Sin caer en lo cursi, lo que no es sencillo de lograr.

Un abraxo :)

Patricia GR dijo...

Pues como veo que ya hay una Patricia, yo seré Patricia GR.

Acabo de enterarme de la desaparición de Edgar Quinet.
Espero que Danilo sea tan productivo y le vaya tan bien como a Edgar.

Un abrazo, primito.

B.V. dijo...

Oye me gustaría hablar contigo de una cosa, Edgar.
Yo prefiero decirtelo en privado, pero si te da igual te lo digo por aquí.
Dime lo que prefieras y si eso te escribo mi mail.
Gracias!