Hay que arreglarse hasta para estar en casa, ponerse una camisa y un jersey de pico, mirarse al espejo y decir parezco alguien, estoy preparado para encender la luz, abrir los ojos, preparar el café de cada día, escuchar música. Ya es una rutina. Lo he escrito tantas veces que deberíais saberlo de memoria. Hoy Great Mass in C minor K427, de Mozart. Mozart está a punto de salir de nuestro sistema solar en la Voyager 2. Lo he visto esta mañana en el canal 24 horas. Mozart. Un genio que muere como un miserable, en su época fue grande y fue pequeño, admirado e incomprendido, la palmó con 35 años, es decir, según mi edad, en tres años se acabó todo, y me pregunto ¿de qué he sido yo capaz? De escribir un par de libros que casi nadie leerá aunque me ahorcara ahora mismo? Mantener más o menos en activo dos blogs que no van a ningún sitio? Haber dirigido o gestionado dos librerías? tres dentro de unos meses? Claro que estamos hablando de uno de los más grandes músicos de todos los tiempos, si no del más grande, con permiso de J.S. Bach. Evidentemente yo no soy un escritor grande, ni siquiera mediano, soy uno más, una publicación entre otras miles que van a las estanterías cada año, o a la basura, pero eso no importa. Mozart, hombre delgado, tirando a bajito, con la cara marcada por la viruela, una gran melena de pelo rubio y ojos profundos y brillantes. Era un pijo, le gustaba vestir bien, presumir, le gustaban las mesas de billar, las sirvientas, las mujeres con lunares, también le gustaba tocarse el rabo en la bañera. El genio. Todo genio está condenado a la muerte atroz o a la locura. La muerte rápida, la autodestrucción, los paseos alrededor de una residencia con gente en camisón. No sé qué me gusta más de Mozart, si su Réquiem o su Misa de la Coronación. Todos hemos visto Amadeus. La Voyager 2 lleva en su interior varios mensajes destinados a alguna inteligencia extraterrestre, la música de Mozart es uno de ellos. Queremos decirle al universo que nosotros hacemos esto, Mozart, nosotros somos Mozart, somos Haydn, nosotros somos Pau Gasol. Si un extraterrestre escucha ese disco que lleva la Voyager 2 ¿llegará a entenderlo? ¿a apreciarlo? Y si nosotros de pronto escucháramos la música de una civilización perdida en el universo, con estructura tal vez basada en el silicio en lugar de carbono, ¿nos gustaría? ¿sabríamos qué cojones estamos escuchando? Si ya de por sí, nosotros, somos capaces de crear música insoportable, estridente, puro ruido a golpe de martillo que espantaría a medio mundo, ¿cómo les sonará Mozart a unos bichos verdes de ojos como pelotas de tenis? A lo mejor ellos ya conocen a Mozart, tal vez Mozart no fuera de este mundo, ni Rimbaud, ni Miguel Ángel, ni Alejandro Magno, ni Michael Jackson. Tal vez algún bichito de esos copula en una nave espacial con señoras hipnotizadas o directamente les induce un embarazo por medios ininteligibles, en plan Ángel de la Anunciación, Dios te preña, alabado sea el Señor, tenemos 11 lunas, 2 soles, y estamos a 456 años luz, aquí al ladito, vamos.
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lunes, 28 de septiembre de 2009
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