Estoy en Jaén pasando el fin de semana con la familia. Este es otro de esos grandes acontecimientos que pueden cambiar el mundo, erradicar el hambre, bajar de una jodida vez el precio de la gasolina super. Tengo un sobrino de diez años que vive dentro de una videoconsola, siempre que me ve me habla de videojuegos, que ha conseguido tal arma, que se ha pasado no sé qué fase, que va a luchar contra mega no sé qué. Le veo después de varios meses y lo primero que me dice es tito, tito, conseguí vencer a Jiraya usando primero todas las magias de los otros compañeros en la décima misión. Y yo ¿...? Mi sobrino ve el mundo hecho de polígonos y texturas, naves espaciales y mandos de la Wii. Yo le pido por favor que me hable de otras cosas que no sean vieojuegos, que en la vida hay algo más. Le hago preguntas, le doy conversación, cambio de tema, qué tal el cole, cómo te va con los amigos, dónde has estado el mes de Julio. Él me pregunta que si le he traído algún juego de Goku. A veces pienso que mi sobrino tiene razón, el mundo es mejor con videojuegos, la realidad que algunos conocemos, la de levantarse por las mañanas, estudiar, montar en autobús, entablar conversaciones con gente que apenas conoces o que ni siquiera quieres conocer, saludar, sonreír, dar las gracias, comprar cuarto de kilo de chopped en el Ahorramás. Es mejor sentarse y destrozar polígonos machacándote los dedos contra el botón B, dar golpes especiales moviendo dos veces el cursor hacia delante, todos los problemas consisten en coger monedas, estrellitas, objetos brillantes que te dan fuerza y nuevas habilidades. Mi sobrino lo sabe. El mundo que interesa está ahí, esperando en la pantalla de una PSP o una Nintendo DS. Para qué preocuparse, todos vamos a morir hagamos lo que hagamos, sepamos hablar quince idiomas o tengamos un máster en vete tú a saber, lo mejor es centrar toda tu atención en las pequeñas cosas, saltar una sencilla plataforma, abrir una puerta, pasar de fase. Mi sobrino no tiene problemas. Le basta con un enchufe cerca para cargar la batería de su videoconsola, comprar un videojuego de vez en cuando, algo de variedad para seguir hacia delante. Claro que va al colegio y saca buenas notas, el mundo es puro trámite, ir a kárate, jugar con los amigos en la plaza, desayunar un buen vaso de leche con galletas. Nunca viene mal algo de realidad para distraerse. Pero la realidad es sólo eso, el paisaje que vemos al mirar por la ventanilla, material de relleno, el ruido de fondo de los centros comerciales. Mi sobrino lo sabe, la realidad es una distracción, algo de aire. Luego, cuando llega a casa ya no hay tregua, hay que jugar en serio. Una forma como cualquier otra de vivir la vida. Otros nos pasamos horas delante de la tele, vemos cientos de películas, nos tragamos todas las temporadas de Perdidos, leemos miles de páginas, hablamos durante horas por el móvil, nos sentamos en el bar, decimos hola, cuéntame, ese es el tema, ponme un café con leche por favor, y sacarina, qué tal el finde. Hacemos mucho el gilipollas delante de un ordenador. Mi sobrino juega con la Playstation, juega con la Wii, juega con la PSP y la Nintendo DS, es mucho más feliz y no dice tantas chorradas sin sentido al terminar el día. A mi sobrino le interesa conseguir una armadura, una espada mejor, más experiencia. Hoy le he regalado el Super Smash Bros Brawl para la Wii y me ha metido una paliza el muy cabrón. Pero esto no va a quedar así, pienso entrenarme a fondo para darle una lección a este mocoso.
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domingo, 31 de agosto de 2008
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